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lunes, 31 de agosto de 2009

Tú, ordeñabas la vaca.

Yo no pedía nada. Me quedé de pie en el lindero del bosque, detrás del árbol.
Los ojos de la aurora apenas se habían entreabierto y el rocío estaba en el aire todavía.
El perezoso aroma de la hierba flotaba en la neblina que planeaba sobre la tierra.
Para ordeñar la vaca con tus manos tiernas y frescas como la mantequilla, estabas bajo el banano.
Yo no me movía.
No dije una palabra, sólo el pájaro cantó, escondido en la espesura.
Las flores del mango caían sobre el camino del pueblo, y las abejas, una tras otra, acudían a zumbar a su alrededor.
Cerca del estanque se abrió la puerta del templo de Shiva y el adorador inició sus cánticos.
Tú, con la jarra en las rodillas, ordeñabas la vaca.
Yo seguía de pie, con mi cántaro vacío.
No me acerqué a ti.
El día despertó con el sonido del gong del templo.
Los rebaños levantaron el polvo del camino.
Las mujeres volvían del río llevando en la cadera las cántaras rumorosas.
Tus brazaletes tintineaban y la espuma de la leche se derramaba de tu jarra.
Transcurrió la mañana, y no me acerqué a ti.

Rabindranath Tagore

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