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miércoles, 30 de diciembre de 2009

ÚLTIMO CAPÍTULO DEL CUENTO DE MENDEL EL DE LOS LIBROS

¡Ya no era el mismo! ¡A saber qué atrocidades llegó a ver en aquel campo de exterminio! La mirada perdida. El cuerpo expandido. Horas pasaba mirando la misma hoja. Ya no tenía tantas visitas. El nuevo propietario del café parecía no estar dispuesto a tener una mesa ocupada y pillándolo cojiendo un bollo a escondidas tuvo la coartada que buscaba para echarlo del local.
¡-Madre mía!- exclamó la Sra Sporchil, aquello fue lo más feo que he visto en el Gluck. El Sr Mendel no tenía ni un centavo para comer, el antiguo propietario no lo hubiera permitido nunca! ¡Fue una aberración!, dijo mirando hacia la barra sin dejar de hablar
-Nadie de los que frecuentábamos el establecimiento sabía que había sido de él, nadie lo había visto desde aquella situación inhumana. Pasaron más años, ya no recuerdo cuantos y una mañana fría de enero, Mendel apareció. Traspasó la puerta arrastrándose , inconsciente ,febril buscando el hogar, su hogar, esta mesa donde estamos usted y yo sentados que durante tanto tiempo lo había recojido  ¡Por Dios, aquel hombre no sabía que se hacía, después de aquella humillación. El alma se me volcó.
- ¡Sr Mendel , por favor, márchese antes de que regrese el amo! Recuerde el espectáculo desagradable. Le dije.  Por favor le acompaño donde me pida-
Y en aquel preciso momento comenzó a moverse de una punta a otra del pasillo, loco, sonámbulo  y se desplomó. Llamé a los servicios de urgencia lo antes que pude, créeme. Aquella misma noche murió.

La Sra Sporchil afectada por el relato, se levantó de la silla veloz. Su figura se perdió en el pasillo. y regresó con un libro entre las manos.
-Tenga- me dijo extendiendo los brazos- este fue el último libro que se dejó entonces sobre la mesa, cómo nadie volvió a reclamarlo , pensé que me lo podría quedar de recuerdo ¿Verdad?
Una sonrisa se me escapó por la comisura de la boca, pues el destino siempre está dispuesto a jugar, a mezclar lo estremecedor con lo cómico: Se trataba del segundo tomo de la Biblioteca Germanorum erotica et curiosa de Hayn. No quería confundir a la Sra Sporchil y se lo extendí de nuevo diciéndole: ----Por su puesto, quédeselo de recuerdo, a Mendel le encantaría saber que entre las personas que le deben un libro existe una mujer que lo recuerda con tanta dulzura.
Me marché conservando la media sonrisa que me había sonsacado Mendel con su último titulo, con su recuerdo dorado.

Os deseo una maravillosa salida de año


Cuento Versión del libro de Stefan Zweig Mendel el de los libros. 
Gracias

martes, 29 de diciembre de 2009

Ser un huésped distraído de los asuntos que correspondían a la locura del país:

Cuentan que le interceptaron una carta dirigida a un país enemigo: Francia. Y claro, él se sentía con todo derecho de reclamar un par de números que no había llegado a ver de la subscripción anual liquidada. El jefe de policía, encargado de la censura,  hizo como que no había visto sobre, sin embargo  la alarma se activó cuando con el mismo remitente pasó por el cuartel general otra carta via Londres. ¡Aquello ya era sospechoso...! Decidieron interrogar a aquel personaje que sacaron con malos modos del Café Gluck . En aquel asalto Mendel perdió sus lentes telescópicos y también su nacionalidad. Él era judio. De la Rusia fronterera con Polonia y se hayaba en medio de una guerra en campo contrario . Había llegado hasta allí en un tren de contrabando hacía más de 20 años y siempre había sido bien recibido.
-¿Por qué nos alejamos tanto? Se preguntaba camino al infierno.
Y allí estuvo un par de años, como un topo, arrugado, encojido, en un rincon, ciego, enfermo. Hasta que las cartas de los decanos, teólogos, condes, llegaron a sus manos, por que Jackob el de los libros tenía amigos a miles y muy bien posicionados. Gracias a un coronel de gran corazón  pudo devolver respuesta y pronto un aval lo sacó de aquella húmeda madriguera.
¡ A los dos años volvió! ¡Qué alegria volverlo a ver! Avalanzándose sobre el mármol la Sra Sporchil no podía contener la emoción de explicarme el recivimiento que en el café le hicieron . Pero pronto se le musitó el tono y dijo:
- En cambio,....ya no era él.

TERCERO.

Deshice el camino de la sala de juegos y me dirijí al camarero.
-¿Y el Sr Mendel ? . Su mesa está vacía- . Pregunté
-Disculpe, no lo entiendo- Contestó con estrañeza retorciendo la cara y el trapo al mismo tiempo
-¿Jackob, Jackob Mendel, el anticuario de libros?
- Desconozco nombre y apellido, me perdonará- dijo el camarero contorsionando ya todo el cuerpo
-¿Y el Sr. Fisher, el propietario del café?- insistí
-¡Uh! murió, el Sr Fisher murió, el nuevo propietario es el Sr. Shubert,- exclamó con un suspiro que lo volvió al estado corporal inicial.- ¡Espere! Tal vez la Sra Sporchil, ella limpia los baños desde el Sr Fisher levantó este café. Y con un gesto rápido desapareció por el corredor que llevaba a los baños.
Dando pasitos hidrotópicos apareció con las manos rojas, húmedas, se las iba secando a medida que se acercaba hacia mí con gesto de desconfianza. Alzó la barbilla y hundió los ojitos esperando un rápido desenlace.
-¿Conoce usted al Sr. Mendel? Su mesa, su mesa... -y antes de que pudiera acabar de matizar lo que ya sabemos todos contestó con una voz trémula:
-¡Ahy, por Dios! El Sr Mendel, hace tanto que nadie pregunta por él. ¡Jackob, madre mía, por Dios¡ ¡Una injusticia! ¡Pobre! Exclamó echándose las manos a la cara y curvando el torso hacia atrás y hacia delante, como Jackob hacía, afectada.  Le pedí ,por favor, que me lo explicara todo.
Nos sentamos en la mesa fría que había pertenecido durante tanto tiempo al librero de Galitzia y narró dulce y dolida:
-¡Una injusticia, aquello fue una injusticia! Hacia el 1920 Mendel parecía no ser consciente de los cambios que su entorno estaba sufriendo. No se daba cuenta de que el café se sustituyó por un brebaje de higos imbebible, que los bollos y el almuerzo que le traían especialmente de la Fonda vecina ya no era una rutina diaria. Vivía ensimismado entre sus libros. Una mañana del mes de Marzo entraron dos gendarmes y se lo llevaron. Sí, así tal cual, con lo que llevaba puesto. No dábamos crédito, por que le aseguro que aquel señor era inocente. Muchos años conviví con él entre estas cuatro paredes y pongo a mano en el fuego que Jackob estaba libre de culpa, la única pena que podrían haberle imputado era el de vivir en la luna en aquellos tiempos en los que todos los sentidos no eran suficientes.-
Y así era, mucha razón llevaba la Sra. Sporchil. Fue con el tiempo que me enteré del porqué de la detención de Mendel:  Ser un huésped distraído de los asuntos que correspondían a la locura del país.

lunes, 21 de diciembre de 2009

CUENTO DE MENDEL, EDLL: CAPÍTULO 2º

Aquella sacudida que me había hecho estremecer de felicidad también me hizo rebobinar. Volví la vista atrás y pude ver su figura. Un señor que podría encajar dentro de un cuadrado, encorbado, calvo. Sentado siempre en aquella mesa repleta de libros susurrando, regozando, meciendo su cuerpo mientras devoraba títulos, editoriales, precios. Así como se les enseña a los niños en el Cheder judío, Jackob se bamboleaba en su cuna negra olvidando su alrededor, abstrayéndose del mundo. A aquel librero de Galitzia no se le escapaba ninguna novedad, tampoco las joyas encuadernadas de anticuario. La primera vez que me lo presentaron me maravilló su capacidad de concentración. Lo hacía único, especial. Iba en busca de unos libros imposibles para mi tesis. La documentación a cerca del mesmerismo, el magnetismo animal y la hipnosis escaseaba, cuando un colega me aconsejó visitar a la más grande de las ratas de biblioteca. Husmeaba todos y cada unos de los rincones de la ciudad en busca de los ejemplares más olvidados y  vivía en un café del centro. Y así fue como lo conocí:
- ¿Cómo? ¿Qué?... Esos, esos son unos jodidos funcionarios (perdonen los funcionarios a Mendel) que tendrían que estar cargando piedras en lugar de estar  entre pasillos de hemerotecas, filmotecas , brrruuu...tecas... Me contestó Mendel
- Ven mañana a primera hora, las 8. Tendrás estos títulos que andas buscando.
Y asi fue, a la mañana siguiente en aquellas mismas coordenadas recogí los libros que tanto me ayudaron. En alguna ocasión volví, siempre a aquella mesa que hoy estaba vacía.
¿Dónde estaba? ¿Dónde había ido a parar? ¿Qué había sido de él?

miércoles, 16 de diciembre de 2009

CUENTO DE MENDEL, EL DE LOS LIBROS. 1er Capítulo

A finales de diciembre, de vuelta a Viena, estuve visitando varios barrios de la ciudad, cuando de repente nos alcanzó la lluvia. Corrimos a resguardarnos. En Viena , como ya sabeis, en cada esquina a uno le espera un café. Me colé en el primero que vi. Entré con el sombrero mojado. Por la gabardina resvalaban, despacio, las gotas casi sólidas. De pie, desde la tarima de acceso al local,  podía apreciarse una anillo de humo de color amatista sobre la muchedumbre. El café estaba "full"y devoraban periódicos. Me senté en la mesa vacía cercana a la ventana. Y mientras caía la noche miré  esperando que la tormenta se alejara unos kilómetros. Observé la escena, el local parecía nuevo: los sofás de terciopelo, nuevos; el revestimiento de las paredes de falso palisandro, nuevo; la máquina registradora de un aluminio brillante sobre la barra, nueva. Y a continuación, la camarera, cómo dejaba caer la cucharilla y el azucarillo sobre la bandeja del camarero. Con un café entre las manos me sentí casi anestesiado, en paz, cuando de repente un pensamiento fugaz me sacó del estado contemplativo:
-"¿Había estado anteriormente allí?.Sí, estaba completamente seguro.
Intenté recuperar los recuerdos que parecían ser evocados por aquel café, pero, maldita sea, no lo lograba. Inquieto, me incorporé y fuí directamente hacia la barra, cuando...
 -¡"Lo ví claro, ¿Cómo me había costado tanto encontrar aquel gancho?".
El pasillo, ¡Claaaaro! A mano izquierda, el pasillo que llevaba hasta la sala de juegos. Dos billares verdes como el lodo. Bordenado el perímetro de aquella estancia de luz artificial, mesas de ajedrez , y más allá, casi en el paso hacia la cabina de teléfonos, una mesa cuadrada, de mármol, fría, vacía... La mesa de Jakcob Mendel, Mendel el de los libros. Claro, había ido a parar al café Gluck, su cuartel general, sin embargo él, él no estaba. Sólo una vieja mesa pétrea, gélida, vacía...